¡Basta ya de hacer el vago!

Ya es de día. Los rayos del sol te despiertan y estás algo desorientado, pero lo suficientemente lúcido como para saber qué día es. Domingo, es decir, aún no es lunes. ¡Perfecto! No tienes que ir a trabajar o a la universidad, tienes vía libre para dormir como un tronco.

Un momento, ayer dijiste que hoy aprovecharías la mañana para… ¿Qué era? ¿Terminar algo que no quisiste hacer anoche? ¿Ordenar tus cosas? ¿Hacer algo de ejercicio (de una vez por todas)? Da igual, es mejor dejarlo para otro momento. Se está tan bien en la cama… Ya lo harás mañana. Bueno, mañana es lunes, entonces ya lo harás el próximo finde. Porque claro, entre semana no tienes tiempo.

¿Te suena? Se repite continuamente, todos lo vivimos. Una situación en la que decides hacer el vago—mejor dicho, procrastinar—y así evitar hacer lo que de verdad deberías. Después vienen los problemas porque no terminaste aquel trabajo cuando deberías haberlo hecho, o no hiciste aquella llamada tan importante, porque ya es tarde para cualquiera que fuese la tarea que debías haber hecho en lugar de, de nuevo, hacer el vago.

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Quizás aquello que no hiciste no era muy importante, o quizás sí. Fuese como fuese, te ha traído problemas. Y lo peor es que si hubieses hecho lo que debías ahora no estarías en medio de este desorden. Te sientes mal contigo mismo. Otra vez igual, ¡no aprendes! Y lo mejor, irónicamente, es que aunque te sientes mal porque no actuaste de forma correcta, sabes que lo volverás a hacer. Pues no, esta vez no. Empiezas a sentirte capaz de evitarlo, de que no vuelva a pasar. Te convences de que esta será la última vez. A partir de hoy serás una nueva persona, más productiva y trabajadora, responsable y organizada. Nada ni nadie se interpondrá en tu camino para conseguirlo.

Y mientras te imaginas esa increíble mejor versión de ti mismo, pensando en lo mucho que mejorará todo cuando dejes la pereza de lado, tu sensación de culpa se va diluyendo. Porque no es la primera vez que esto pasa. Y ya conocías esa sensación de remordimiento que se va haciendo cada vez más pequeña y en unos pocos minutos desaparece por completo. Entonces vuelves a ser tú, despreocupado, confiado y sin ganas de levantarte del sofá.

Ahí está el problema. Se pasa rápido. Empiezas a hacer otra cosa y se te olvida. Vuelves a esa actitud descuidada que no te aporta nada, excepto una falsa sensación de comodidad y relax que se compensa negativamente cuando el tiempo aprieta.

A todos nos pasa esto—a algunos más que a otros—y se puede evitar. No es fácil cambiarlo, pero la forma de conseguirlo es muy sencilla. Yo mismo lo he conseguido trabajando poco a poco.

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Ahí fuera hay mil métodos para dejar de procrastinar y usar el tiempo de forma más eficiente. Muchos de ellos están desarrollados por conocidos «coaches» o psicólogos renombrados. Yo, que soy un tipo normal, te voy a decir cómo lo he conseguido. Sin embargo, no te voy a hablar de escribir tus sentimientos en un papel, ni de descargarte una aplicación para organizar tus tareas, ni de hacerte un tatuaje con un símbolo chino que signifique «orden». Porque todos esos métodos son útiles o no en la medida en la que tú quieras que lo sean.

La clave es verlo como un pequeño reto. Lo único que tienes que hacer es desafiarte a ti mismo. La próxima vez que te encuentres en una situación en la que tengas algo pendiente que hacer, pero no hacerlo sea extremadamente tentador, deja de pensar y actúa. Prueba aunque sea por ver qué sucede. Puede sonar muy simple, pero las soluciones más sencillas son las que mejor funcionan. Verás que no era tan difícil y al final habrás ganado tiempo para hacer otras cosas, o simplemente la libertad para seguir haciendo el vago, pero sin presiones.

Si te cuesta mucho ponerte a trabajar, empieza por aplicarlo a tareas que lleven poco tiempo. En mi artículo sobre las claves para ser productivo que aprendí estudiando piano hablo sobre ello, si algo te va a tomar menos de cinco minutos, hazlo ya. Verás lo efectivo que es actuar rápidamente, en lugar de darle mil vueltas a la cabeza.

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Veámoslo desde el punto de vista científico: Como explica el psicólogo Ian H. Robertson en su libro The Winner Effect, cuando alcanzamos un objetivo que nos habíamos marcado se produce una reacción positiva en el cerebro que genera dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer, la motivación, y el deseo de hacer algo. Además, al generarse dopamina, aumenta también nuestro nivel de endorfinas, conocidas como hormonas de la felicidad. Es decir, cuantas más tareas u objetivos completemos, mejor nos sentiremos y más motivados estaremos para realizar la siguiente.

La clave está en que, poco a poco, lo que ahora es un reto se convertirá en hábito. Al igual que sucede en el estudio, nadie empieza siendo capaz de estudiar o entrenar cinco horas reales en un día, pero hay quienes lo consiguen y eso les trae grandes resultados. Si te acostumbras a ser efectivo y no perder el tiempo, puedes llegar incluso a ir con ventaja sobre aquello que debes hacer. Es así de simple. No tiene más truco. Y te prometo que, si lo interiorizas, cambiará tu día a día por completo. Es prácticamente un estilo de vida.

Espero que pruebes este método y consigas buenos resultados. Si te cuesta mucho al principio no te agobies, es algo normal. Lo importante es volver a intentarlo hasta conseguirlo. ¡Ánimo!

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