El infinito no tiene límites.

Cuando estudiaba en el colegio, mi asignatura favorita era Inglés —con permiso de la Educación Física—, y años más tarde continuó siéndolo en el instituto. La posibilidad de aprender una lengua extranjera y comunicarme con gente de otros países me parecía fascinante, y pronto se convirtió en una de mis grandes pasiones.

Tanto es así, que a los 14 años mis padres me propusieron pasar un mes de verano en Dublín estudiando en una academia. La única referencia que tenía por aquel entonces en cuanto a mi nivel de inglés eran las clases del instituto, por lo que creía que se me daba realmente bien. La idea de visitar un país extranjero, hacer nuevos amigos y practicar el idioma me parecía genial. Acepté la invitación de mis padres sin dudarlo.

Recuerdo mi primer día en Irlanda como si hubiese sido ayer. Llegué a la academia, conocí a mis nuevos compañeros, nos presentaron a los profesores, hicimos un pequeño examen y nos repartieron en cinco grupos.

Al día siguiente entré en el aula que me habían asignado y la profesora comenzó la primera clase explicando el present simple. Conforme la lección avanzaba todo me parecía muy fácil, y mi nivel superaba claramente al de mis compañeros. Cuando algún otro alumno consultaba una duda, la respuesta me parecía obvia. Si era la profesora quien hacía la pregunta, yo contestaba sin el menor esfuerzo. «Esto se me da de luxe», pensaba. Para cuando terminó el día yo tenía very clear que aquello era eaten bread, me sentía todo un experto en filología inglesa.

El tercer día llegué a clase muy motivado, ready para bordarlo one more time. Pero, justo antes de tomar asiento, la profesora se acercó a mí y me dijo que esa ya no era mi clase y que tenía que ir al Grupo C. ¿Grupo C? ¿Cómo que Grupo C? No entendía nada.

Resulta que el examen del primer día había sido en realidad una prueba de nivel, y yo no me había enterado. La academia dividía a los alumnos en cinco niveles de la A (menor) a la E (mayor), y a mí me habían colocado por error en el nivel más bajo. Mi super top level de inglés no era más que un espejismo. De golpe y porrazo había subido dos niveles, ¡y aún había dos más por encima!

Entré con timidez a mi nueva clase, y bastaron dos minutos para encontrarme totalmente perdido. El profesor estaba enseñando idioms, algo de lo que yo no había oído hablar nunca antes. Al principio me costó adaptarme, estaba claro que mi nivel era inferior a lo que yo pensaba, pero mi motivación aumentó con el paso de los días. Al final del verano volví a casa con un nivel de inglés muy superior al que tenía antes de irme y habiendo disfrutado una experiencia inolvidable. A día de hoy, estudiando en Londres y con un título de inglés bajo el brazo, sigo pensando que me queda mucho por mejorar.

Esta pequeña historia sirve para ilustrar una idea muy importante: siempre podemos seguir aprendiendo. Incluso cuando creemos ser avanzados en una materia estamos en realidad muy lejos de ser expertos. Es cierto que aquel verano yo era solo un chaval, pero esto sucede a todas las edades y en muchas facetas de la vida. A veces no somos conscientes de ello, otras veces nos cuesta admitirlo.

El conocimiento, como el infinitio, no tiene límites. Por eso nunca dejaremos de aprender.

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