Los zapatos de Mark.

En la vida hay momentos que dejan huella. Suceden pocas veces. Historias que uno recuerda con todo detalle como si hubiesen sucedido ayer. Durante los nueve meses que estuve en Filipinas viví muchos de esos momentos, imborrables por distintos motivos. Aventuras excitantes, situaciones de riesgo, días llenos de emoción… Pero también hubo momentos únicos por su sencillez. Uno de ellos fue el cumpleaños de Mark, un niño filipino de diez años al que nunca olvidaré.

Una mañana de marzo, de esas en las que el sol empezaba a apretar avisando del final de la estación de lluvias, fui a visitar junto con dos amigos una de las muchas familias que tuve el placer de conocer en Filipinas, un país con un índice de pobreza superior al 25% y en el que más de doce millones de personas viven en una situación extrema. Uno de nosotros, que era filipino, había conocido a la familia anteriormente y nos guió hasta la casa donde vivía.

Entramos a un barangay—palabra filipina utilizada para referirse a un pequeño barrio—y tras dejar un par de casas a nuestra derecha, continuamos por un sendero que caía hacia abajo. Ante nosotros se extendía un valle lleno de vegetación, una pequeña selva que me hizo sentirme como uno de los protagonistas de Los Últimos de Filipinas al llegar a Baler. Una barandilla hecha pobremente con madera nos servía de apoyo para caminar sin resbalarnos, y nos guió hasta la casa de madera y chapa donde vivía la familia.

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Al llegar no encontramos a nadie, solo se escuchaba a lo lejos el ladrido de unos perros. Pocos minutos después vimos caminando hacia nosotros a Cristina, la madre, acompañada de Jerald, el menor de sus cuatro hijos. Venían de lavar la ropa en un pequeño riachuelo que les servía como fuente de agua, al cual habían incorporado una barra de metal a modo de canaleta. Nos recibió sorprendida — no nos esperaban — pero con una gran sonrisa nos invitó entrar con ella en la casa. Una vez dentro, nos ofreció algo de piña y charlamos sobre su situación y la de sus hijos, pudiendo conocer los problemas y grandes dificultades que afrontaban en el día a día. Jerald, que ese día no había ido al colegio por encontrarse enfermo, me miraba curioso, escondiéndose detrás de su madre. Cuando le hacía algún gesto amigable se dibujaba en su cara una sonrisa tan inocente que me cautivó desde el primer minuto. Le pregunté por sus tres hermanos: Christian, de catorce años; John Paul, de doce y Mark, de nueve, que estaban en la escuela del barangay.

Poco después llegó Potenciano, el padre. Trabajaba de manitas haciendo pequeños encargos y cultivando piñas en una plantación propia que se escondía entre la espesa vegetación. El terreno no les pertenecía, al igual que la casa, que había construido él mismo con la ayuda de unos amigos. Pagaban una cuota mensual al propietario, además entregarle la mitad de la cosecha. Cristina no tenía trabajo, aunque en alguna ocasión lavaba la ropa de otras familias a cambio de algo de dinero. 

Sin duda alguna, su situación económica era complicada, y a ello se sumaban otros problemas legales y de salud. Queríamos ayudarles, y entonces surgió una magnífica oportunidad: nos invitaron a volver el jueves de la semana siguiente para celebrar con ellos el décimo cumpleaños de Mark. Era una ocasión ideal para comer juntos y conocer así al resto de los niños. Aceptamos encantados.

Durante los días previos al cumpleaños tuvimos la idea de regalar algo a Mark, pero todo lo que teníamos era ropa, y obviamente no era de su talla. Entonces se nos ocurrió comprar la tarta, sabiendo que la familia no podía permitírselo y pensando en que Mark disfrutase de una auténtica fiesta de cumpleaños. Aun así, decidimos llevar algo de ropa para los padres.

A pesar de no encontrar nada de ropa que pudiese usar Mark, dentro de una bolsa de plástico en mi armario encontré algo que podía regalar a Jerald, el hermano menor. Entre las pocas cosas que había llevado a Filipinas tenía uno de mis bienes más preciados, una camiseta del Real Madrid de la temporada 2004–2005, con el nombre de Raúl y el mítico número 7 que me encantaba vestir cuando tenía siete años. Para mí era una camiseta muy especial, pero la había llevado a Filipinas como posible regalo para algún niño. Siempre sería más útil regalarla que tenerla guardada en el fondo de un cajón toda la vida.

Llegó el jueves y volví ilusionado con mis dos compañeros a la casa con la tarta y los regalos. Ya habíamos estado otras veces en fiestas de cumpleaños filipinas, siempre con muchos invitados, máquinas de videoke alquiladas para el disfrute de la gente y mucha comida. No obstante, esta vez era distinto. La familia nos estaba esperando en la casa, pero no había más invitados, ni máquina de videoke, ni ningún tipo de decoración o una mesa llena de regalos. Llegamos casi a las dos, bastante más tarde de lo que nos esperaban, y pensando que ya habrían terminado de comer. Pero, demostrando una vez más su amabilidad, no habían querido empezar sin nosotros.

Comimos fruta, arroz, adoboplato típico filipinoy spaghetti, algo que para las familias pobres en Filipinas solo es habitual en grandes celebraciones . Durante la comida, Mark se mostró algo tímido, pero se le veía ilusionado por vernos allí. Jerald estaba algo más “acostumbrado” a nuestra presencia, y John Paul pasó la mayor parte del tiempo en la cocina con otros cinco niños que llegaron para disfrutar el momento de la tarta.

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Cuando terminamos de comer empecé a hablar con Mark y, utilizando mi terrible nivel tagalo, le pregunté qué regalo le haría ilusión recibir. Se quedó mudo, no era capaz de responder. Sus padres, a los cuales ya habíamos entregado la ropa, le animaron a decir algo, lo que fuese, más por educación y respeto hacia mí que esperando realmente recibir un regalo para su hijo. Mark permanecía callado y dubitativo, parecía que estuviese pensando algo muy difícil o tomando una decisión complicada. «Quizás tiene miedo de pedirme algo caro, o me va a pedir dinero», pensaba yo. Después de casi cinco minutos de silencio pronunció una sola palabra: «Shoes». Su respuesta cayó sobre mí con todo el peso de la realidad. Unos zapatos, eso era todo lo que necesitaba. Nada más. Le dije que quizás yo podría comprarle un par y llevárselo otro día. Él ni si quiera fue capaz de contestar, solo sonreía y miraba a sus padres entusiasmado.

Entonces llegó el momento de darle la camiseta a Jerald. En Filipinas, un país donde los deportes nacionales son el baloncesto y el boxeo, poca gente conoce equipos que no sean de la NBA, por lo que Jerald no tenía ni idea de qué era el Real Madrid. Aun así, eso no impidió que él entendiera lo especial que era para mí esa camiseta. Su cara reflejaba pura felicidad y sorpresa. No era su cumpleaños, sino el de su hermano, lo último que esperaba era recibir un regalo. Para mí fue también un momento muy especial. Aunque me costó desprenderme de la camiseta, al regalársela a Jerald vi nacer en él la misma ilusión que había sentido yo trece años atrás.

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Después de darle la camiseta a Jerald miré a Mark, que aún estaba junto a su madre. Pensé que podría tener cierta envidia al ver a Jerald recibiendo un regalo cuando en teoría él era el homenajeado. Nada más lejos de la realidad, sonreía, feliz por su hermano. Fue entonces cuando me dirigí de nuevo a él. Le volví a preguntar si estaba seguro de querer unos zapatos como regalo, y él respondió de nuevo con cierto recelo, pero seguro de lo que decía. «Shoes, yes», me volvió a repetir.

Fue en ese momento cuando decidí hacer algo que no había hecho nunca antes, pero me pareció la única manera de ayudarle en ese momento. Busqué en mi cartera y cogí el dinero que tenía, seiscientos pesos filipinos, unos doce euros. Sabiendo que quizás no volvería a tener ocasión de ver a Mark y eso significaría no poder llevarle los zapatos, le ofrecí el dinero para que los comprase él mismo. En su mirada advertí la sorpresa que había visto en Jerald unos minutos antes. Mark se volvió hacia sus padres buscando un gesto de aprobación, preguntando si podía aceptar el dinero. Ellos asintieron sonriendo mientras decían «¡Dale las gracias, dale las gracias!». Me emocionó ver cómo algo tan simple como la posibilidad de comprar unos zapatos significaba tanto para ellos. Nos envolvía una atmósfera de felicidad con un sabor desconocido para mí, había electricidad en el aire.

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Sin duda, esta es una de las experiencias que reflejan mi vida en Filipinas. Un momento mágico por su sencillez que recordaré siempre. Pero la historia no acaba aquí.

Días después del cumpleaños, cuando estaba en Tacloban—la ciudad que sufrió con más dureza los efectos del Tifón Haiyán en 2013—recibí el mensaje de una amiga que había visitado a la familia de Mark. Me contaba que ya habían comprado unos zapatos resistentes y algo más de ropa en un ukay-ukay —tienda de segunda mano—, y que los padres estaban muy agradecidos. Aunque se suponía que yo les había ayudado, me sentí un afortunado por haber compartido con ellos un momento único, y comprendí que un pequeño detalle puede tener un gran valor en la vida de los demás. Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras:

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