Mínimo vs. Viable

En el mundo startup, las siglas MVP se encuentran sin duda entre los términos más utilizados. El minimum viable product—producto viable mínimo en español—hace referencia a una primera versión muy básica de un producto que se lanza al mercado. El objetivo de esta técnica es establecer el punto de partida de un recorrido evolutivo que termine con la versión completa.

Cuando se habla del MVP, la rapidez suele acaparar todo el protagonismo. Crear en el menor tiempo posible una versión mínima de nuestra idea parece vital. De hecho, existen decenas de libros con métodos para lanzar un MVP —generalmente software—en un mes, 15 días o incluso una semana. Esto atrae el interés de muchas personas, en gran parte porque hace parecer fácil crear algo de la nada.

El valor que se atribuye al producto mínimo viable radica en las consecuencias que puede tener una buena o mala ejecución. Hacerlo bien es un gran comienzo que sienta las bases de lo que puede llegar a ser un producto de éxito. Y en el lado contrario, salir al mercado demasiado tarde o hacerlo con un resultado insuficiente puede ser fatal.

Es fácil comprender el concepto de mínimo. No obstante, la viabilidad parece quedar en el olvido cuando se aborda este tema. Y es que no es algo fácil de conseguir. ¿Qué determina que la primera versión de nuestro producto sea viable?

Un MVP viable es aquel que da respuesta al problema para el cual se ha creado, aunque sea de forma elemental y no se ajuste exactamente a la idea que el emprendedor tiene en su cabeza. Normalmente no tiene un diseño cuidado, pero sí utilidad para los primeros usuarios, y un gran potencial, ya que serán estos quienes impulsen su crecimiento.

Una historia ejemplar de un buen MVP es la de Justin.tv, un nombre que quizás no suena familiar para muchos, pero cuyo resultado final es conocido en todo el mundo.

A principios de 2007, Justin Kan, Emmett Shear, Michael Seibel y Kyle Vogt crearon una web de transmisión de vídeo en directo. Tenía un solo canal, que mostraba la vida de Justin, quien llevaba una pequeña webcam en la gorra durante todo el día. La meta final de los fundadores era facilitar que cualquier persona pudiese hacer lo mismo.

Poco a poco, fueron creando más canales. En verano de 2007 llegaron a 60, y acabaron el año con más de 30.000 usuarios tras abrir el registro al público. Más tarde se añadieron otros elementos como categorías dentro de la web, foros, moderadores, o un archivo histórico.

Con el tiempo, los canales de videojuegos se convirtieron en los más visitados. Por eso, en 2011, los fundadores decidieron crear una divisón exclusiva para este sector bajo el nombre de Twitch. El 25 de agosto de 2014, Amazón compró Twitch por 970 millones de dólares.

Encontrar equilibrio en el MVP no es tarea fácil. Debe incluir las funcionalidades justas y necesarias, evitando pecar de falta de características básicas, o de un exceso caótico de componentes sin sentido.

Si tras el lanzamiento del producto las primeras personas que lo utilizan continúan usándolo, tendremos un signo de que es realmente útil. Los usuarios iniciales son necesarios para dar los siguientes pasos, ya que sus sugerencias y quejas ayudan a definir el rumbo en el que remar.

Hablando con esos early adopters descubrimos sus verdaderos intereses. Preguntándoles qué novedades creen que podrían mejorar el producto se evita dar palos de ciego y caer en implementaciones que no llevan a nada. En definitiva, ahorramos tiempo y dinero.

Por todo ello, a la hora de pensar en un MVP, es importante tener en cuenta la viabilidad, y no solo la velocidad. Lanzar muy rápido un producto inconsistente no sirve para nada. Costará conseguir los primeros usuarios y será prácticamente imposible recibir su feedback, ya que dejarán de utilizarlo al comprobar que no es útil.

En pocas palabras, la rapidez y la viabilidad deben estar en equilibrio, y no enfrentadas. Correr sin dirección es un peligro, al igual que la parálisis por análisis. Solo el ritmo adecuado permite cruzar la línea de meta.

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